¡Es cierto! Nuestro mundo somos nosotros mismos, nuestra configuración interna y externa, esa impronta que nos caracteriza, pero ¿cuál es su procedencia?, ¿Cómo podríamos ser mundo sin tenerlo a él en nosotros? Ni el Génesis Bíblico ni la Mitología Griega han podido aproximarse a la esencia del ser, eso que regocija el alma, que nos hace próximos al suelo, al cielo, al viento, al fuego, aquello que nos enreda en la emoción y naturaliza la existencia.
Cuenta la leyenda que bajo el oscuro cielo y las torrentosas aguas habitaban, en total claridad, Tepeu y Gucumatz, dos poderosos seres dotados de luz y divinidad. Sobre su morada, la lúgubre niebla caía constante e irasciblemente, por ello, luchaban a diario por salir de las aguas a conocer el exterior. Luego de repetidas batallas con la oscuridad lograron emerger, encontrándose con el inhóspito paisaje e iluminando con su andar cada uno de los sectores visitados. Pasaron sobre ríos y desiertos, hasta que por fin encontraron aquello que buscaban, un halo de luz semejante a la claridad del sol que indicaba un pantano cubierto de moho. Con sus destellantes dedos tomaron una porción de barro y comenzaron a construir las más perfectas formas de vida, de este modo crearon plantas, árboles y flores, los cuales pusieron sobre la tierra y con un soplido de su aliento hicieron crecer. De este mismo modo comenzó a nacer el mundo, Tepeu y Gucumatz se posaban sobre el suelo y comenzaban a crear montañas, praderas, ventisqueros y arrecifes. Al término de su travesía, el mundo yacía ante sus pies como un apacible lugar repleto de hermosura y naturaleza, paisajes perfectos y diversos elementos como fuego, aire, agua y tierra, pero ¿Quién habitaría su creación? En ese momento crearon a los animales: leones, tigres, serpientes, venados, cerdos, aves, entre otros, estos estaban encargados de cuidar de la naturaleza. Los animales se dispersaron y se multiplicaron, pero los creadores les dieron sus moradas respectivas, mar, tierra o aire. Ahora bien, ¿quién compartiría el mundo con ellos? Es aquí cuando comienzan a crear al hombre. Primero tomaron el barro con que habían construido el mundo e hicieron el cuerpo, pero al darle vida, este se deshacía al caminar, lo cual les parecía inexplicable, pues con los demás seres no ocurría lo mismo. Fue así como buscaron otros elementos. Talaron un árbol, tallaron el cuerpo y le dieron vida, pero este elemento carecía de memoria, por lo cual olvidaba a su creador, además, no tenían entendimiento, caminaban sin rumbo y gateaban. Los hombres de madera fueron los primeros en habitar el mundo, pero cuando sucedió el diluvio, estos murieron mojados y los pocos que sobrevivieron se convirtieron en Gnomos. Los siguientes elementos fueron el tzite y la españada, de ellos se creo al hombre y la mujer respectivamente, el problema es que no pensaban ni hablaban por ello no comprendieron cuando se les dijo que no se acercaran a las piedras de moler, al caminar sobre ellas se aniquilaron instantáneamente.
Luego de una tarde frente a su fabulosa creación, el Sol, Tepeu y Gucumatz lograron comprender lo que realmente debía entrar en la carne del hombre, por ello encargaron a el Yac , Utiu , Quel y Hoh que llevaran aire, fuego, agua y tierra, de esta forma el aire configuró los pulmones y la respiración, el fuego la roja sangre, el agua hizo transitar la sangre por el cuerpo y se transformo en fluidos, tales como la saliva, las lágrimas y las secreciones y la tierra fue la construcción de cada una de las partes externas e internas del hombre. Con esta obra ya terminada notaron que faltaba lo más importante, el maíz, con él crearon el corazón, esto explica el amor del ser humano por la tierra, por sus tradiciones, costumbres y familia.
Al terminar, vieron al hombre caminar, mirar, pensar, reconocer y sentir, por lo cual entendieron que el barro no funcionase para crearlo, pues el amor conjuga todos los elementos de la tierra, es decir, uno sólo no puede encarnarlo.
Los primeros hombres de nuestra descendencia fueron cuatro: Balam-Quitze, Balam-Acab, Mahucutah y Iqui-Balam.
Sin ningún afán de palabradurías, con más cosas que relatar que contar, pues los cuentos son irreales, las verdades sinceras y las sílabas, en la magia de su son, como agua vierten desde lo más hondo de mi yo. He aquí mi pequeña creación.
sábado, 21 de mayo de 2011
La Sepultura del Lobo
Las amargas veces en que se entrelazan las hogueras infernales y los solsticios apabullantes es cuando se generan estas historias tan llenas de dolor y misterioso resplandor.
Caminante, pequeño y fornido, con no más de un metro y medio de estatura, ojos verdes, gruesos labios y ahuecados pómulos. Con cada paso dejaba una sutil bruma flotando en el aire, se aproximaba a aquel sitio tan familiar y distante a la vez, su antigua casa, ese lugar colmado de recuerdos, de alegrías y más que todo penas, no puede negarse cuanto le pesaban aquellos dolores. Entra, ráfagas de polvo inundan su rostro, aquel charquito de peces sobre el mesón estaba lleno de arácnidos, todo es lúgubre. Camina, da pasos agigantados sobre sus recuerdos. Se sienta, contempla aquel panorama oscuro. Toma su cabeza con ambas manos, estrechándola, ahuecándola y vienen la seguidilla de imágenes: noche estrellada, velada familiar, todos duermen, hombre fornido, grande, peludo, ser arrastrado hacia el granero, violencia, quejidos, dolor, más dolor, mucho más dolor, oscuridad, llanto y… Vuelve a la realidad, decide soltar su cabeza, lanza un grito ahogado, corre rápidamente hacia afuera, como si algo lo llamase. Se escuchan los lobos, se siente el temor, nadie a su derecha, nadie a su izquierda, sigue corriendo entre árboles y perros que ladran, entonces detiene su agitado paso y retoma la lentitud de su andar, para tomar la pala y el chuzo, comienza a excavar profundamente, el deseo de terminar con su vida, al parecer, acrecienta la rapidez con que urde aquel hoyo en la tierra. Deja la pala de lado y usa sus extremidades, mientras las quebradizas uñas sienten el calor que proviene de la tierra o mejor dicho, de la sangre. Con sus manos toma el pelo de él, su tío enterrado vivo hace dos horas atrás, ése al que le llamaban “el lobo”.
Caminante, pequeño y fornido, con no más de un metro y medio de estatura, ojos verdes, gruesos labios y ahuecados pómulos. Con cada paso dejaba una sutil bruma flotando en el aire, se aproximaba a aquel sitio tan familiar y distante a la vez, su antigua casa, ese lugar colmado de recuerdos, de alegrías y más que todo penas, no puede negarse cuanto le pesaban aquellos dolores. Entra, ráfagas de polvo inundan su rostro, aquel charquito de peces sobre el mesón estaba lleno de arácnidos, todo es lúgubre. Camina, da pasos agigantados sobre sus recuerdos. Se sienta, contempla aquel panorama oscuro. Toma su cabeza con ambas manos, estrechándola, ahuecándola y vienen la seguidilla de imágenes: noche estrellada, velada familiar, todos duermen, hombre fornido, grande, peludo, ser arrastrado hacia el granero, violencia, quejidos, dolor, más dolor, mucho más dolor, oscuridad, llanto y… Vuelve a la realidad, decide soltar su cabeza, lanza un grito ahogado, corre rápidamente hacia afuera, como si algo lo llamase. Se escuchan los lobos, se siente el temor, nadie a su derecha, nadie a su izquierda, sigue corriendo entre árboles y perros que ladran, entonces detiene su agitado paso y retoma la lentitud de su andar, para tomar la pala y el chuzo, comienza a excavar profundamente, el deseo de terminar con su vida, al parecer, acrecienta la rapidez con que urde aquel hoyo en la tierra. Deja la pala de lado y usa sus extremidades, mientras las quebradizas uñas sienten el calor que proviene de la tierra o mejor dicho, de la sangre. Con sus manos toma el pelo de él, su tío enterrado vivo hace dos horas atrás, ése al que le llamaban “el lobo”.
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