Se hace complejo mirar los atisbos del pasado y pensar que ya son parte sólo de él, cuando aún queda el sabor amargo de aquellos trechos andados descalza y dolorosamente, esa suerte de dejar atrás aquello que nos ha endurecido la vida, contangiando cada una de nuestras esferas de ese fastidioso dolor que carcome las entrañas y nos deja descubiertos, frente al mundo, con no más que lágrimas en los ojos y lo poco que llevamos en los bolsillos, desde lo cual podremos generar amistades falsas y supuestos confidentes que han de resguardar nuestros pormenores hasta cuando les sea necesario.
Es evidente que hemos de crecer, con el pasar de las horas y los días podremos configurar nuevos horizontes, desde lo cuales, se recodifica el objetivo de vida dejando de lado el fervoroso vacío existencial que tanto cuesta quitarnos. Esa sensación tan llena de resquemores apodada vacío, banalmente, por que es más que un término, nos ha hecho grandes, pues, desde la evitación de él es que hemos configurado lo que hoy somos: sobrevivientes del dolor y empeñosos poetas callejeros que vomitan en líneas lo que no pueden dejar de decir y no quieren contar.
Hoy me siento desnuda, pero no de pesares ni conflictos, sino que ante este maravilloso sentir que me inunda las alas y las hace crecer en pos del cielo, donde está el límite, ni más abajo ni más arriba que en el cielo, es ahí donde antes erré y hoy puedo corroborar que me autocastigué limitando a dolor mis experiencias, hoy hablo desde el amor, desde el profundo sentimiento, desde el airoso compromiso, desde la única certeza que tengo sobre mi vida, desde aquello que limita con el cielo y a veces lo sobrepasa, en esta magnificente experiencia de reecontrarme con la magia, con el encanto de ser yo y anhelar a un otro a mi lado, a quien yo describo como un cúmulo de inciertas certezas que han ido descubriéndose mediante pasa el tiempo, los años, los días, las horas, en este hacer y deshacer sólo bondades divinas que llegan a mis aromas, a mi voz, al inexplicable sentimiento que arroja el estar piel a piel, el sentirnos uno frente al otro, mas bien, dentro, susurrando, apelando a la dulzura, a la remoción de escombros fantasmales y al sudor empapado de amor, al complexo resplandor de la ternura.
Hoy siento que amo a cabalidad y en totalidad, en el dulce quehacer de un beso, en la rutina primera de vernos, en la claridad de sus ojos que son tan míos y tan tiernos, tan completos, tan amantes amados.